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| PERROS/CRONICAS/YERBA
DE LA PUEBLA |
Orejas y rabos
Salvador Ávila
En
1790 el Segundo Conde de Revillagigedo, uno de los gobernantes más
célebres de la colonia, estableció en la capital del
virreinato la plaza de Guarda Mayor del Alumbrado, personaje clave
para el mantenimiento del orden en la ciudad. Entre las obligaciones
del Guarda estaban las de llevar un registro de los "confesores
y facultativos que han salido a auxiliar a los enfermos, de los
reos y heridos que se han conducido a las cárceles y de las
riñas, escándalos y demás desórdenes
que haya habido". Además, el Guarda debía comunicar
diariamente al Corregidor el número de perros vagos que mataban
los serenos por la noche.
Desde que Revillagigedo dictó las primeras
medidas para perseguir y exterminar a los perros callejeros que
vagaban por la ciudad, se acostumbró que sus cadáveres
fueran llevados a las puertas de las casas del Ayuntamiento, ubicadas
en el centro de la ciudad, para que el Escribano de Policía
"certificara la presentación" de dichos animales.
A veces, al amanecer, todavía podían verse en ese
sitio enormes montañas viscosas y sanguinolentas de perros
hacinados, cadáveres unos, otros aún con un soplo
de vida, con hilillos de sangre en el hocico y los ojos turbios
y vidriosos, esperando el clemente garrotazo del perrero, antes
de ir a parar a los ejidos de la ciudad. Al cambiar el siglo, ya
no fueron las casas del Ayuntamiento sino las de la Diputación,
el lugar a donde se llevaron los perros muertos.
Por otra parte, como los serenos dieron con la maña
de remitir más de una vez el mismo animal, la autoridad convino
en que "se les corten las orejas o el rabo, a fin de que los
guardas no presenten un mismo perro dos veces". La misma advertencia
se hizo a los perreros voluntarios, es decir, a las personas que
participaban en su exterminio a cambio de una recompensa. El aviso
del 25 de abril de 1831, es muy claro al respecto:
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En el cabildo de 22 del corriente acordó
el Ecsmo. Ayuntamiento se pague un real por cada perro muerto
que se entregue al guarda mayor del alumbrado, ó á
su teniente, en la Diputación á las siete de
la mañana de los martes y viernes de todas las semanas,
en el concepto de que no les ha de faltar ninguna parte de
su cuerpo. Lo que se comunica al público para inteligencia
de los que quieran dedicarse á esta ocupación.
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Orejas y rabos

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