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| PERROS/CRONICAS/CALDO
DE PERRITOS |
Caldo de perritos
Salvador Ávila
Juan Ramón Jiménez utiliza, en las páginas
de Platero y yo, una bella imagen para describir el arribo
del otoño:
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La entrada del otoño es para mí Platero, un perro
atado, ladrando limpia y largamente, en la soledad de un corral,
de un patio o de un jardín, que comienzan con la tarde
a ponerse fríos y tristes... Donde quiera que estoy,
Platero, oigo siempre, en estos días que van siendo cada
vez más amarillos, ese perro atado, que ladra al sol
del ocaso... |
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De
todas las alegorías perrunas que encontramos en Platero
y yo, hay una en especial que siempre me ha entusiasmado. Se
trata de la perra de Lobato, el tirador. "Aquella dorada y
blanca, como un poniente anubarrado de mayo...". Pues bien,
esta perra parió cuatro perritos y Salud, la lechera, los
llevó a su choza del puente de las Madres, porque se le estaba
muriendo un niño, y don Luis le había dicho que le
diera caldo de perritos. Los cachorritos se salvaron de terminar
en un puchero porque la perra no descansó hasta dar con su
paradero y los llevó, uno a uno, en el hocico, de regreso
a casa.
Siempre me he preguntado si el caldo de perritos es simplemente
una metáfora o si en verdad, dentro de la medicina tradicional
ibérica, es una pócima con propiedades curativas.
Lo cierto es que ya me había olvidado del asunto hasta que
me topé, en el Viaje del virrey Marqués de Villena,
con un suceso extraordinario que tuvo lugar durante la travesía,
y que el autor refiere de la siguiente manera.
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A dos de mayo sacó a la luz una niña doña
Esperanza María, mujer de Don Francisco Pérez,
Gentilhombre de Cámara del Marqués mi señor,
en la nao San Esteban y, apenas hubo nacido la niña,
cuando le dio un tan gran accidente a la madre en los pechos,
que sin podérselos dar, se le cortaron los pezones, sustentando
la niña con conserva de limón, con que Dios le
conservaba la vida, dándole aliento para tomar dos veces
cada día tres cucharadas de su singular alimento, el
cual, como era cálido aunque templado con leche de almendras,
la encendió a los ocho días en una calentura ardiente
y sin poder tomar cosa alguna. Prevenidos con el agua del baptismo,
que le echó el Obispo de la Nueva Vizcaya, se estuvo
tres días sin poder pasar cosa alguna, juzgando los médicos
que ya no había remedio sino dejarla perecer; y a esta
sazón de tanto dolor, previno Dios remedio con su Providencia,
porque entró en la cámara de popa una perrilla
perdiguera haciendo halagos y caricias, como el perro de Tobías;
y conocieron que seis días antes había parido
unos perrillos en la nao, y el padre, con el amor de la vida
de la hija, le aplicó los pezoncillos de la perra; mamó
y quedó con ama de leche tan reconocida que desde entonces
aborreció a sus hijos y, si se los llevaban, los ladraba
y mordía, y al padre le hacía mil caricias y le
tiraba de la ropa hasta que la subía a la cama, a dar
pecho a su hija; y desta suerte la vino criando hasta Puerto
Rico, por espacio de 22 días, y allí se buscó
una mujer que la vino criando. Llamóse Ana María
Felipa y Jusepa. |
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Ahora tenemos que no solamente el caldo de perritos, sino también
la leche de perra recién parida son remedios casi milagrosos.
¿Realidad o ficción?
Tomado de: Cristóbal Gutiérrez de Medina, Viaje
del Virrey Marqués de Villena, Introducción y notas
de Manuel Romero de Terreros, Imprenta Universitaria, México,
1947, p. 23.
Semblanza del autor
Comentarios al autor: avgsalvador@hotmail.com
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